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La jornada del Apóstol

La gran ciudad, un día cualquiera, 5:30am, él se despierta. Mientras sus amigos duermen, el Apóstol trae a su mente y a su corazón, todo lo vivido el día anterior, lo que hay por hacer. Se prepara algo de comer, mientras reza los salmos, uniéndose a la oración de su Pueblo.

 

Hay que abrir el negocio, la gente comienza a llenar las calles. El apóstol ve pasar diariamente a personas de diversas culturas, muchas transitan por su lugar de trabajo, por lo que logra entablar conversación con la variada clientela.

 

Tiene por socios a un matrimonio, que le ayudan no solo en el emprendimiento, sino también en el anuncio de la Palabra de Dios. Se acerca el domingo y el Apóstol invita a la gente a acudir a donde vive para hablar de Jesús. Por las tardes, antes de que oscurezca, piensa en sus amigos que están lejos, le preocupa el caminar de fe de cada uno, por eso les manda mensajes de ánimo, de llamadas de atención, de paternal afecto en Cristo.

 

Al anochecer comparte el Evangelio y el pan con sus amigos, lleva en el corazón a una multitud de personas, por quienes ofrece su oración, su trabajo. La Palabra de Dios ha atravesado su jornada, el Apóstol descansa…

 

El ser fabricante de carpas en pleno siglo I es agotador y vivir en una gran ciudad como Corinto es un desafío, pero le permite encontrarse con una gran confluencia de culturas. Luego del trabajo del día, el matrimonio de Priscila y Aquila ve descansar al Apóstol, que se ha quedado dormido entre papiros y una pluma con tinta… Al final de la carta, una firma: Pablo de Tarso, apóstol de Cristo Jesús.

 

Quizá si no incluíamos el nombre del Apóstol, pensaríamos que se hubiese tratado de un personaje de la actualidad. y es que el Apóstol de antaño puede ser un cristiano de nuestro tiempo... ¡Hoy vos también podés ser san Pablo vivo hoy! Animate a “Hacerlo todo por el Evangelio” (1Cor 9, 23).

 

¡Feliz junio, mes de san Pablo!

 

 

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